Reseña: “El tren a Travancore (Cartas indias) de Rodrigo Rey Rosa

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Fuente de foto: Goodreads.com

La novela epistolar siempre ha sido una suerte de bicho raro en el panorama literario. Aunque entre sus obras figuren clásicos como Pepita Jiménez (en su primera parte por lo menos) de Juan Valera; u otras obras más recientes como El color púrpura de Alice Walker o El marciano de Andy Weir, la novela epistolar siempre queda en un espacio incómodo en donde su forma parece pesar más que su sustancia.

Mi primer encuentro con la novela epistolar fue con unos de sus más conocidos ejemplos: Drácula de Bram Stoker. Eran los mediados de los 90 (tómense un momento para dibujar la imagen mental perfecta), yo tenía 15 años (en este respecto el lector puede hacer caso omiso de la invitación a la imaginación) y un amigo del colegio confesó estar leyendo Drácula. Asistía a un colegio católico, y en aquellos tiempos, leer cualquier cosa que no fuera el catecismo o hagiografía era ya visto con sospecho. No mucho menos Drácula, estábamos a un paso de dibujar un pentagrama en sangre y ofrecer nuestra alma inmortal a los más bajos instintos de Belcebú. No ayudaba que pasta negra y desgastada abrazaba un manojo de hojas amarillentas, tenía todo el aspecto de un libro prohibido que sigilosamente clamaba mi nombre, y en su imagen de portada un monstruo derramada sangre de sus fauces entreabiertas.

Sorpresa para mí (y también para mis inquisidores, espero) cuando lo que me esperaba no era una orgía de sangre infernal, sino un conjunto de cartas escritas por un británico muy cortés.

Admito que mi nivel de sofisticación literaria era casi nulo, sin embargo, es un buen punto de partida para comprender la resistencia este género. A veces el lector está listo para sentarse en su sofá mental y ver el equivalente de una película de acción, pero en lugar se encuentra a un respetuoso caballero leyendo un respetuoso escrito a su socio comercial.

Sin embargo, esta mala fama es inmerecida.

¿Qué es un cuento? ¿Cuáles son las primeras formas que encontramos? Un narrador en tercera persona y omnisciente es útil para los grandes relatos, pero la cercanía que ofrece el narrador primera persona es insustituible. Este punto de vista limitado, a veces inconfiable, es el origen de la narración, de la transposición de una experiencia a otra persona por la magia del lenguaje.

Esto nos lleva a la novela epistolar del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, El tren a Travancore (Cartas indias), es uno de esas novelas en donde te viertes de lleno, como un espía o un voyeur, en la vida de un guatemalteco en la India. Al igual que lo hizo con Marruecos en La orilla africana, Rey Rosa nos introduce el alucinante mundo de la India.

Más que un diario de viaje, las cartas están dirigidas a distintas personas incluidos sus padres, un sobrino, su editor, etc. Con cada persona el narrador establece un tipo de relación distinta. El escritor se vale de las particularidades del género para diseñar una entretenida tragicomedia. El ritmo de las cartas (la periodicidad en fechas) construye un espacio negativo, a ausente, en donde la trama se desarrolla antes del envío de l carta. Es relativamente fácil construir la personalidad del narrador, pero aún con toda la información que obtenemos de él es difícil conocer sus verdaderas intenciones. Las cartas en este aspecto son mensajes dirigidos a un oyente para persuadirlos de un fin, eso nos queda claro desde el inicio, conocer ese fin nos mantiene atados a la trama.

Es una novela escrita con gran desenfado, sin pretensiones literarias más que explorar un género y desarrollar un personaje. Sin embargo, en su autenticidad narrativa hay gran valor y descubrimiento. Cada carta, por espuria que sea, contiene la esencia de la ficción: la magia (o la manipulación). Las cartas son un ejemplo de la delgada línea que separa la ficción de la mentira, algunos dirían que los términos son sinónimos, sin embargo, el arte de la narración descansa en el uso de una construcción para transmitir un mensaje más allá de las palabras. El género epistolar da una forma, una estructura, para quienes deseen iniciar el camino de la narración: es la genialidad del autor la que puede darle significado.

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