Reseña: “La orilla africana” de Rodrigo Rey Rosa

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Fuente de foto: Todocoleccion.net

De vez en cuando me gusta visitar el sitio de la RAE y ver el listado de hondureñismos, quizá puede ser un acto de curiosidad o inseguridad, sin embargo, siempre ha sido una reflexión productiva. El caso de hoy es la palabra churute. Cito:

churute
1. m. Hond. Cosa de forma cónica, cuando no se conoce su nombre o no se quiere decir.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados

No sé exactamente que quieren decir los lexicógrafos de la RAE cuando hablan de una “forma cónica” (como hondureño, esto me tomó por sorpresa), sin embargo, me imagino que para eso están los diccionarios: para sorprendernos.

En donde está muy acertado el diccionario es el aspecto comodín de la palabra, y mejor aún “cuando no se quiere decir“. Alguien debería desarrollar más el concepto de churute,  Lo desconocido, lo innombrable y lo que preferimos no mencionar son la materia de la literatura.

En La orilla africana, Rodrigo Rey Rosa ambienta una excelente novela en Tánger, Marruecos, utilizando una estructura narrativa no linear (como hijo de los 90, mi referente más preciado y evocado es Pulp Fiction de Quentin Tarantino), en donde personajes entran y salen de trama que los une tangencialmente en extrañas asociaciones. Aunque no es propiamente una novela de viaje, sin duda es una carta de amor a Tánger. La biografía del autor menciona que vivió en Tánger y ese contacto brinda un alucinante nivel de autenticidad. Un retrato de una ciudad que va más allá de un postal turística, un retrato que muestra lo brillante, lo oscuro y lo inmencionable de una ciudad, su “churute” (como diría la RAE que decimos en Honduras).

Como en Lo que soñó Sebastián, Rey Rosa otorga al ambiente, en este caso la ciudad de Tánger, una función particular en su narración. Sería prepotente (y equivocado) de mi parte pretender conocer algo de la costa marroquí sin haberla visitado, sin embargo, la descripción que hace el autor contradice muchos de mis supuestos culturales de la región. La novela hábilmente toma los prejuicios culturales que flotan sobre el mundo musulmán y los voltea de cabeza, uno de los puntos de vista más útiles para este fin es el de Víctor, un visitante colombiano en Tánger. A través de él y sus amigos latinoamericanos obtenemos una mirada en donde la realidad penetra el filtro ideológico y nos deslumbra.

Pero el personaje que nos revela la realidad sin filtros es un niño marroquí, Hamsa. A diferencia de los personajes latinos, que comparan la experiencia americana con la africana, los niños asimilan la realidad de una manera fascinante y fragmentaria. El tabú  (el churute, recuerdan) no está presente en ellos: la magia, el miedo y lo desconocido entra en juego en cada una sus vivencias e interacciones. Nada está inherentemente prohibido en la mente del niño, nada es inefable, es más, las peripecias de estos niños nos parecen orillar a espacio casi mitológico del actuar humano.

Estas ópticas frescas: un turista y un niño, se complementan con los personajes locales que se separan de los estereotipos. Como verdaderos personajes, no habitan en una idea, sino en un fin, fines particulares y hasta mezquinos, pero objetivos importantes para ellos. Una de las fortalezas de Rey Rosa en la anulación del narrador omnisciente, aunque la obra está escrita está en tercera persona, son los puntos de vista particulares los que construyen el discurso.

Como es común en Rey Rosa, el uso de animales con fines expresivos son nuevamente piezas fundamentales de la narración. Un énfasis especial en el caso de una lechuza, que parece representar algo distinto para cada personaje, es un eje central en el desarrollo de la trama.

En La orilla africana todo aparece nuevo y misterioso, como nuevos visitantes o niños que llegan a una ciudad. Las calles, los mercados, la costa, son experimentados con tanta vivacidad, que el autor no puedo ocultar su encanto por este mundo: sus partes naturales, culturales y humanas. Creo que la pieza central que une a todos estos personajes es su experiencia de un mundo recién creado, y cada interacción nos acerca a una esencia tangerina de la realidad. Quizá ese sea el propósito de la vida, nombrar todos los churutes de la vida, vivirlos y darles significado.

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